sábado, 17 de enero de 2015

EL RAMEN DE MADEMOISELLE LECHAT

Mis queridos, lectores:

Ha pasado tiempo desde que escribí mi última entrada. Eones, casi. Pero como sin duda sabrán, han acontecido algunas vicisitudes que me han cambiado la vida. Digamos que la antigua maison Cocotte fue pasto de las llamas tras una desastrosa barbacoa (siempre me pareció que celebrarla aquel día de viento era una pésima idea), que la muy fiable, sólida y respetable sociedad financiera suiza en la que trabajaba –y que a la postre era la encargada de sufragar los gastos de nuestra pequeña mansión, servicio y demás– resultó no ser tan fiable, ni tan sólida. O al menos no lo era la moralidad del gerente, que a estas horas debe estar gozando del sol y del marisco en alguna playa de las Antillas. Espero sinceramente que se atragante.

El caso es que una cosa llevó a la otra y esa otra a otra más. Y como la vida a veces es como un cesto de cerezas, un día me encontré con una nota encima de la mesa de la entrada de la casa de invitados. Ponía: “Cher, me fugo con Xabier. Un gros bisou”. El tal Xabier era un fornido muchachote del Biarritz Olympique al que conoció durante la infausta barbacoa, por lo que supe después. Las barbacoas son el mal. En fin, supongo que así es la vida.

Como supondrán ustedes, después del incidente de la nota no me quedaban demasiadas ganas de permanecer como único habitante de la otrora deslumbrante maison Cocotte, ahora prácticamente reducida a un puñado de ruinas (eso sí, muy bellas aún). Así que recogí mis enseres y me trasladé a un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. Podríamos decir que es coqueto y recogido, aunque la primera vez que lo vi simplemente pensé que era pequeño. Y sin ascensor. Y sin servicio.

Tampoco es enteramente mío. Tras comprobar de primera mano la actual tendencia alcista de los alquileres, me vi obligado a optar por buscar un piso compartido. Es lo que pasa cuando uno no dispone de recursos económicos suficientes: tiene que adaptarse. Afortunadamente, los Cocotte somos una familia antigua y sabemos que estas cosas pasan. Sobre todo porque disponemos de los diarios del tío Maurice Cocotte, que se convirtió en experto en vaivenes monetarios tras una serie de catastróficas desdichas durante el Segundo Imperio.

Tras una exhaustiva búsqueda en el diario local, encontré un anuncio que parecía perfecto: “Se busca inquilino para compartir piso. Preguntar por Mlle. LeChat. 49, Rue du Tonneau”. Así que me terminé mi café, agarré mi maleta, me armé del legendario valor de los Cocotte y puse rumbo al principio de una nueva vida.

Cuando llegué a 49 de la calle du Tonneau ya eran las seis de la tarde. La portera del edificio apenas levantó los ojos de su lectura cuando le pregunté por el piso en el que alquilaban una habitación. Masculló algo así como “trcro c”, pero me pareció prudente no insistir en mi consulta, dada la natural simpatía de la señora, decidí que lo mejor sería dirigirme silenciosamente al ascensor y... Y nada, porque la finca carece de ese aparato. Así que me vi obligado a ascender lastrado por mi maleta los tres pisos. Cuando llegué al tercero C, no sin que mi frente se perlara de sudor a pesar de mi proverbial estado de forma, llamé al timbre.

Me abrió la puerta una elegante señorita menuda, morena, cuyos enormes ojos negros se vislumbraban tras unas grandes gafas de pasta que descansan prodigiosamente sobre su pequeña nariz.

- “Hola, soy Chantal. ¿Vienes por lo de la habitación?”.

Me había tratado de tú. A mí. ¿A mí? Me resultó extraño.

- “Mmmm, sí. Esa era la idea cuando entré por la portería. Pero ahora lo veo todo como borroso”, respondí.

- Pasa, pasa. Te enseño la casa y decides.

No soy un experto en indumentaria japonesa, pero juraría que lo que llevaba puesto era un fabuloso yukata corto en algodón azul, con dibujos de flores de cerezo. Pensé que debía ser cómodo. Porque desde luego sentarle, le sentaba bien. Apenas mostraba la parte inferior de sus piernas y sus muñecas, que al moverse parecían rodeadas de un mar brillante y limpio. Eso, junto con la suavidad de sus movimientos, resultaba hipnótica y felinamente elegante.

La casa me pareció coqueta; la habitación, más que correcta y el alquiler, muy asumible, así que nos pusimos de acuerdo rápidamente en los detalles. Habitación con derecho a cocina y tareas repartidas. No tenía ni idea de lo que significaba eso, pero estaba demasiado cansado como para andar con menudencias.

- Bueno, te dejo que deshagas la maleta. Yo tengo trabajo que entregar mañana y debo acabarlo. ¡Ya nos veremos!

Se fue donde quiera que se fuese y me dejó en mi habitación. En ese momento creo que el legendario valor de los Cocotte debió flaquear un poco porque sentí cómo se me encogía el corazón y una tímida lágrima corrió por mi cara.

***

A la mañana siguiente, tras asearme como debe hacerlo un caballero formado en un colegio suizo, me dirigí a la cocina con el ánimo de prepararme una taza de café y me encontré un plato con unas misteriosas bolitas y un tozo de bizcocho. A su lado había una nota.

Dada mi experiencia anterior con este tipo de comunicación, al principio me temí lo peor. Que mi casera se hubiera fugado con un técnico de barbacoas o algo así. Pero no. Simplemente decía: “Perdona que anoche te dejara así. Tenía que entregar unas cosas en la editorial a primera hora e iba pilladísima. En compensación te dejo unos mochi y el último trozo de mi bizcocho secreto. ¡¡Que los disfrutes!! Esta tarde no te vayas, que te tengo preparada una sorpresa. Shhh...”.

Reconozco que esa muestra de entusiasmo a primera hora del día al principio me impactó, pero aún así, ya taza en mano, decidí probar el contenido del platillo. Los mochi no estaban malos, aunque su maridaje con el café era discutible, pero el bizcocho... Sin duda era el mejor bizcocho de chocolate que he probado jamás. Lo de la sorpresa es lo que más me atemorizó.

***

Pasaron las horas, las nubes por el cielo, la gente por la calle y todas esas cosas que acontecen mientras cae la arena del reloj. No estuve ocioso, obviamente. Me dedique con más esfuerzo que beneficio a buscar empleo lo más activamente que fui capaz: bajé al café y ojeé la prensa local detenidamente. Tanto que en un determinado instante comencé a notar cómo las punzantes miradas del camarero impactaban en mi nuca. En ese momento, y como los Cocotte tenemos un sexto sentido para saber cuándo no se nos aprecia en un sitio, decidí que lo mejor era levantarme y volver a La Tanière, que me pareció un nombre de lo más apropiado para mi nuevo refugio.

Al abrir la puerta, sentí que el olor caldo de pollo llenaba la casa. No era muy difícil dadas su dimensiones, pero resultaba agradable. Pasé a la cocina y allí estaba Mlle. LeChat rodeada de ollas, fideos, aceite de sésamo y otro montón de cosas menos identificables.

- Hola, ¿ya has llegado? Estoy haciendo ramen. ¡Espero que te guste!

- Oh, gracias. Dije yo pensando que nunca había oído hablar de eso e intentando que la extrañeza no se reflejara en mi rostro.

- Siéntate, ya casi está.


Al poco rato, Mlle. LeChat apareció en el salón con dos enormes tazones repletos de una especie de sopa densa y llena de ingredientes que olía a hogar. Y con palillos, que son el equivalente para mí a tener las manos atadas. Sin embargo, la mesa estaba dispuesta con refinamiento oriental y eso me llegó al corazón. Mi casera no sólo era una joven de exquisitas maneras en el vestir. También era refinada en lo que a la mesa se refería. Y eso a un Cocotte le llega muy dentro.

Durante la cena, Mlle. Le Chat desveló varios misterios: que era ilustradora y siempre andaba con encargos de última hora, que había estudiado en Japón durante un tiempo... Yo le conté un poco de la historia de mi vida, incluido el affaire del rudo muchachote y la nota, y terminamos abriendo una botella de Beaujolais para brindar por el futuro.

Al final de la velada, con el aroma a jengibre y miso aún presente, me dio la impresión de que todo empezaba a encajar.


[La receta que da sentido al texto es de Naza Escobar, que me ha obsequiado preparando este delicioso plato un par de veces (y espero ansiosamente que sean más). Así que todo el mérito es suyo. Si hay algún error en la transcripción, es mío.].


RAMEN

Dificultad: más fácil que aprender japonés.

Ingredientes:
  • 800ml de caldo de pollo.
  • 10gr de ajo picado.
  • 10gr de jengibre rayado.
  • 2 cucharadas soperas de miso blanco (a mi me gusta mas el rojo por el sabor).
  • 2 cucharadas de sésamo.
  • 1 cucharadita de salsa de soja.
  • 1 cucharadita de aceite de guindilla (si os gusta mas picante añadid más, pero no os paséis porque es muy potente).
  • 2 cucharaditas de azúcar.
  • 2 paquetes de fideos especiales para ramen.
  • 1 lámina de alga Nori.
Para el topping yo he elegido:
  • Un manojo de cebolleta
  • 3 huevos cocidos
  • Carne picada
¿Dónde conseguir los ingredientes?
  • El caldo de pollo (si no lo queréis hacer vosotros) lo podéis encontrar en cualquier supermercado. A mi personalmente me gusta el caldo de la marca Aneto.
  • El jengibre lo podéis encontrar en fruterías o grandes superficies, recordad que es raíz de jengibre.
  • El miso es un poco mas complicado. Lo podéis encontrar en herboristerías, pero os costará un riñón y parte del otro. Yo os recomiendo buscar alguna tienda de productos asiáticos y comprarlo alli.
  • Los paquetes de fideos de ramen, yo los compro en el Corte Inglés o en una tienda asiática.
  • El alga nori ya se puede conseguir en casi cualquier sitio (Corte Inglés, Mercadona...).

Preparación:

1 Calentamos en un cazo el caldo de pollo con el jengibre rallado y el ajo. Cuando comience a hervir lo apagamos.

2 Metemos el miso en un colador y lo remojamos en el caldo mientras le damos con la cuchara para que se vaya deshaciendo. Lo hacemos poquito a poco para que no queden grumos en nuestro caldo.

3 Mezclamos en un mortero el sésamo. el aceite de guindilla, la soja y el azúcar. Se mezcla todo muy bien y se reparte equitativamente entre todos los boles que vayamos a servir. Esto le dará un toque delicioso a nuestro ramen.

Topping

4 Cortamos muy fina la cebolleta y la pochamos en una sartén.

5 Los huevos son un poco más elaborados. Preparamos un bol grande con agua y hielo. Cocemos los huevos exactamente 6 minutos, porque queremos la clara cocida y la yema poco hecha. En cuanto pasen los seis minutos, los sacamos de la olla, los metemos en el bol con agua helada y los dejamos reposar durante 20-30 minutos. Para servir los cortamos por la mitad a lo largo (cuidado con la yema, que tiende a la destrucción).

6 Salpimentamos la carne picada al gusto y le añadimos un poco mas de sésamo. La salteamos en la sartén hasta que esté hecha.

Noodles (Fideos)

7 Calentamos la sopa y cocemos la pasta en otro cazo. Mientras se cuecen, colocamos la sopa en nuestros boles, donde habremos colocado una tira de alga nori. Los noodles van separados en cuadraditos- La cantidad por persona es de un cuadradito y medio.

8 Escurrimos los noodles y los introducimos en la sopa 9Colocamos el topping.

¡Y nuestro Ramen está listo! Cuidado, que quema mucho. Espero que os guste.

lunes, 10 de noviembre de 2014

UN NUEVO AMANECER


Queridos lectores:

Esta es una entrada en un tanto especial. Desde el principio, he intentado que este blog fuese algo más que un simple recetario. Eso me parecía soso y aburrido, así que decidí crear esa especie de realidad alternativa que es M. Cocotte. Él soy yo y yo soy él, pero solo en parte. Lo podríamos llamar autoficción o como os dé la gana. Para ambos la comida es importante (para mí es fundamental, ya que soy humano y tengo una serie de necesidades alimenticias que cubrir).

El caso es que, como ya habréis visto, hace mucho que no publico una entrada y creo que os debo una explicación a todos los que os pasáis por aquí de vez en cuando. No sabéis cómo os agradezco vuestra presencia. El blog es una de las cosas más satisfactorias que he hecho y todo es gracias a vosotros.

Empecé con esto ya hace bastante –cómo pasa el tiempo, coñe– y aunque no tengo millones de visitas ni me gano la vida con él (en realidad ahora simplemente no me gano la vida) hay un número bastante alto de lectores diarios. La idea era tener un sitio donde aunar dos de las cosas que más me gustan: la comida y escribir. Sí, yo también tengo un pasado de escritor de relatos malos y de poemas horribles. Y no os voy a dar la tabarra con ellos porque soy un caballero. También me gusta la música, el cine y cosas más normales. Bueno, y algunas otras no tanto.

Como siempre, ya me estoy yendo por las ramas. Lo que os quería decir es que si no he escrito en todo este tempo es porque no he podido. Mi vida ha sufrido algunos movimientos sísmicos y ha cambiado bastante. Para llevarlo al terreno de M. Cocotte, podríamos decir que la maison Cocotte ha sido desmantelada, y que ahora nuestro bigotudo amigo cocina en un sitio mucho más pequeño. Algo así como una cabaña en medio del monte. Vamos, que Mme. y M. Cocotte han acordado lo que en lenguaje real se denomina un “cese temporal de la convivencia” (¿sabéis la de años que llevo deseando meter esto en algún texto?) . Sólo que éste no ha sido temporal.

Como ya sabéis los lectores habituales del blog, en realidad soy increíblemente alérgico a hablar de mi vida personal. No creo que tenga cabida aquí ni en ninguna otra parte. No soy famoso ni creo que eso, aún en el caso de que algún día lo sea, tenga el mínimo interés para nadie. Os lo digo porque quiero que sepáis que ha sido un proceso largo y doloroso durante el que no he tenido ninguna gana de escribir y muy pocas de cocinar. Eso sí, me he acordado montones de veces del libro de cocina más triste del mundo.

Pero afortunadamente la vida no es sólo oscuridad (al menos la vida de los que no somos topos) y he tenido la suerte de contar con gente que me ha ayudado mucho durante este tiempo. No les nombraré pero ellos saben quiénes son. Y vosotros también lo sabríais si estuvierais más atentos al instagram.

En fin, todo esto era para deciros que el blog no ha muerto, que voy a ir publicando las cosas que me interesen como siempre, que dudo mucho que me encamine hacia el lado egoblogger de la vida, que estoy vivo y que nada de lo expuesto anteriormente va en plan dar lástima ni falta que le hace. ¡Y que os pongáis a cocinar!

Un abrazo,
J. M. Serrano
(editor/chico de los cafés de este su blog)

martes, 4 de febrero de 2014

DANDO LA LATA. Y VAN... (CON RECETA DE HUMMUS)

El viernes pasado tuve la suerte de participar en la sección local de Jaén del programa Hoy por hoy de la SER. En un programa por la que han pasado montones de blogueros cocinillas y que patrocina Iloveaceite, que se dedica a vender aceite de oliva virgen extra (DO Sierra de Cazorla) a y que es capaz de ponerte una maravilla de picual en la mesa, esté dicha mesa en Consuegra o en Postdam (tienen tienda de internet).


Nunca había hablado en la radio y la verdad es que me gustó. No fue como la tele, con su maquillaje naranja y sus nervios atenazantes. Era hablar, y eso.. Creo que se me da mejor (a pesar del millón de fallos, de que no me gusta cómo suena mi voz y esas cosas de la vida). Especialmente lo de la charla sin sentido.

El caso es que cuando Lola Romero -la jefa de todo esto- que me propuso lo del programa, tocaba buscar receta. En cuanto se lo comenté a Mme. Cocotte me dijo una palabra: hummus. Era una buena idea. Este puré de garbanzos que nos ha llegó de oriente medio (según parece la receta que doy a continuación es la libanesa) hace unos años me pareció una buena opción. Está rico y es bastante sano. Los garbanzos aportan hidratos y proteínas, el aceite va en crudo y además se puede comer con palitos de verdura, aunque yo prefiera el pan de pita. ¡Y lleva pimentón! Encima, tiene su punto divertido porque es algo que debe comerse en compañía. Compartir es vivir y eso. Por todo esto fuera poco, es capaz de provocar disputas locales. Aunque como bien mostraban en La vida de Brian, a los de Oriente Medio no hace falta picarles mucho para eso.



HUMMUS

Dificultad: Para gente con carnet de batidora.

Ingredientes (para 4 o más personas):
  • Un bote de garbanzos cocidos (400 g. una vez escurridos).
  • 2 cucharadas de tahina *.
  • 1 diente de ajo pelado.
  • El zumo de medio limón.
  • Sal gorda.
  • Comino molido (opcional).
  • Pimentón de la Vera.
  • Aceite de oliva virgen extra (no opcional).


Preparación:


1 Escurrimos los garbanzos y los lavamos a conciencia. Una vez escurridos, separamo una cucharada para decorar el hummus al final. Echamos el resto al vaso de la batidora.

2 Añadimos a los garbanzos el ajo pelado y las dos cucharadas de tahina, que habremos mezclado con el zumo de medio limón para desliarla (se mezcla mucho mejor). Batimos y vamos añadiendo agua hasta que obtengamos un puré con cuerpo, con una textura parecida a la del guacamole.

3 Añadimos la sal hasta que encontremos el puré a nuestro gusto. También si queremos, podemos añadir comino molido. De hecho hay gente por ahí que dice que: “el hummus sin comino es simplemente puré de garbanzos”.

4 Pasamos el puré a un plato bonito y con una cuchara presionaos en el centro mientras hacemos círculos con ella para que quede un hueco en el centro y haga bonito.

5 Decoramos con el pimentón de la Vera, distribuimos los garbanzos que reservamos por encima y rematamos con un chorrito de aceite de oliva virgen extra.

* Para la tahina:
Tostamos dos cucharadas de semillas de sésamo en una sartén y dejamos que se enfríen. Entonces, ponemos el sésamo en una picadora y añadimos cuatro cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra y una pizca de sal. Lo picamos muy bien, hasta que tengamos una pasta fina.

Sólo queda acompañarlo de pan de pita (horneado, no tostado, por favor), nachos, regañás, "crudités" o zampárselo a cucharadas. Cada uno como quiera.

lunes, 27 de enero de 2014

NO MÁS PLATOS DE MAMÁ


[Nota: este libro me lo mandó la gente de Plaza&Janés antes de Navidad. Aunque lo recomendé como regalo de Reyes, quería dedicarle un poco más de tiempo porque me parece interesante y porque creo que los autores se lo merecen. Aunque algunos coman insectos].

Durante las pasadas navidades hemos sufrido una auténtica avalancha de libros de cocina. Miento. Ha sido un tsunami de recetarios, en realidad. No hay tantos buenos libros sobre comida y cocina como recopilaciones más o menos organizadas de recetas. Si os habéis dado una vuelta por las librerías, habréis visto de todo. Desde libros espantosos como el de Arguiñano o el de los cupcakes de Sergio Fernández II (el primero para mí es -y siempre será- Sergio Fernández, el Grande) a auténticas joyas como El Arte de la Cocina Francesa –sí, me lo trajeron los Reyes- o el Pan Casero, de Ibán Yarza.

Entre tanta oferta hay un poco de todo, claro. Desde auténticas biblias y libros muy interesantes por su enfoque (A vueltas con la tartera o Zerogluten) a otras cosas que… En fin que no deberían haberse editado. A lo mejor es cosa mía, pero todos esos libros salidos de los concursos de cocina (el de los minimasterchefs debe estar al caer) me parece que aportan poco en el mejor de los casos. Si estás en el nivel de los concursantes ya sabes cuáles son tus fuentes y si quieres llegar a ese nivel –ojo, que había gente que cocinaba muy bien- seguramente necesitarás algo más estructurado. Pero que allá cada uno, eh. De todas maneras, que parte fundamental del premio de un concurso sea que editen un libro con “tus recetas” y que a los dos días todos los que han llegado a semifinales tengan el suyo haciéndote competencia tiene su guasa.

Detro de todo este aluvión arrasador se ha destacado claramente que éste ha sido el año de los blogueros. Parecía que todos los que tienen un blog sobre cocina con un algo de éxito estaban en la obligación de que sacar libro. Modas, ya sabemos. Pero esa moda ha hecho que algunos, bastante interesantes, se perdiesen un poco en el oscuro bosque de las novedades editoriales.

Como siempre, están los que reciben mimos por parte de las editoriales (promoción, buena distribución, entrevistas en medios importantes,…) y los que se lo tienen que currar más. Entre los que no han recibido tanta atención, o al menos no me lo ha parecido, se encuentra No más platos de mamá, un libro escrito por los autores del (video)blog No más -- de mama, con textos y recetas de Carlos Román, diseño chulo de Adriá Pifarré y Marc Castellví y fotos un poco de los tres porque cada uno tiene un móvil y esto es un sindios (ese huerto casero se parece mucho al que voy a instalar yo en mi patio, gracias por la idea).

¿Qué tiene de bueno? Pues bastante cosas. Veamos. El libro es la adaptación al papel de su blog y allí las recetas están escritas, por supuesto, pero su sello distintivo es que están en vídeo. Y son vídeos chulos, con un montaje dinámico y buena música. Se nota el trabajo que hay detrás. Todo eso no se puede llevar al papel, claro, así que los que han hecho es crear algo distinto. Las recetas son las mismas (en las que no son nuevas, hay links) y las fotos mantienen la estética del blog, pero han sido capaces de ir más allá. Hay un montón de historias cruzando el libro que nos enseñan (al menos un poco) la relación que estos tres elementos tienen con la comida. Es una de las cosas que más me han gustado. Bueno, eso y el diseño del propio libro, que permite abrirlo sobre la mesa y que se quede así para poder y leyendo la receta.

Otra de las cosas que me gustan es que los autores son unos criajos chavales y no unos cuarentones o unas malenis desatadas (¿las hay de otro tipo?) y también se les nota. Entre las recetas puedes encontrar desde guisos maternos (en principio el blog era una manera de decirle a gente de su propia edad que hay vida más allá de la tartera de mamá), hasta especialidades regionales –ojo a las catalanas, que tienen muy buena pinta- o cosas un poco más internacionales y mestizas. Son gente viajada que vive en una gran ciudad (Barcelona lo es en varios sentidos) y se van trayendo todo tipo de ideas de por ahí y por aquí.

Por cierto, entre las historias del libro hay una que no puedo dejar de comentar. En un principio, el blog se llamaba “no más tuppers de mamá”, en alusión a los típicos envases de plástico que todos hemos usado para llevar la comida allá donde fuese necesario. Pues bien, un día la amable gente de Tupperware (aquí iba un enlace, pero paso de regalarles ni una visita), en un legendario alarde de torpeza social, decidieron que la palabra tupper era de su propiedad y que lo mejor que podían hacer era enviar un burofax malrrollero a estos chicos porque a su parecer ensuciaban su buen nombre. Y claro, Carlos y compañía tuvieron que cambiarlo, no fuese a ser que el cielo se desplomase sobre sus cabezas. Cuando ves lo que hacen otras marcas como Lekúe, Pirex o Ibili notas claramente la diferencia de estilos. Creo recordar que algo parecido pasó con “A vueltas con la tartera” el libro de Mònica Escolar que tampoco pudo llamarse así por lo mismo. Unos hachas.

En cuanto a la comida en sí, tengo que reconocer que me gusta bastante la selección. En un principio, la idea de Carlos y compañía era animar a cocinar a la gente de su misma edad, pero eso sería en el comienzo de los tiempos, porque enseguida se ve que son gente a la que le gusta la comida y eso es independiente de la edad. De todo el recetario (60 recetas) las que más me gustan –y que ya he apuntado en la lista de cosas pendientes- son la sopichuela con toques orientales, la hamburguesa de salmón, la patatas y bacalo, las costillas para la resaca, la hamburguesa de lentejas, el Kentucky fried rabbit, el risotto alla milanese (eso en esta casa son palabras mayores), la spanakopita, la carbonara sin nata (¿pero la hay con nata?),las galletas con MUCHO chocolate, la patatas a la riojana, la tarta de queso (cuajada, no horneada),y su versión de los spanish macarrones con chorizo, que es el plato hereje por excelencia.

Otra idea interesante de esta gente es La santa (voluntad) (ya hay segunda edición en marcha), pero eso lo leéis en el libro.

Por lo demás tiene un índice visual -dividido en primeros, segundo y postres-y otro temático (también visual) dividido en recetas de carnes, fruta y verdura, legumbres, pescados, pasta y arroz, sopas y cremas, guisos y potajes, ensaladas, vegetarianas, veganas, sin gluten. Finalmente, también encontramos las recetas divididas por tiempos de cocina en cuatro categorías: menos de 30 minutos, de 30 a 60 min., de 60 a 90 min. y más de 90 min.

En resumen, un buen libro sobre comida lleno de historias divertidas, recetas chulas y con un diseño moderno y un tacto (no había hablado de la importancia de eso) muy agradable. El autorregalo perfecto.

No más platos de mamá.
Marc Castellví , Adriá Pifarré y Carlos Román.
Ed. Plaza y Janés. Barcelona, 2013.


P.V.P.: 19,90 € (Precio web Fnac)

jueves, 9 de enero de 2014

À LA TÉLÉ (DONDE M. COCOTTE SE DA A CONOCER)

El 2013 ha sido una mierda de año un año complicado. Empezó bien, la verdad. Parecía que todo se iba a desarrollar con cierta normalidad esperanzadora pero como a la mitad comenzó a dar guerra. Afortunadamente, al final parece que va remontando, lo que no impide que uno se alegre de que haya extinguido como un dinosaurio al calor de un asteroide.


Eso me impidió escribir una entrada sobre esto (a veces el horno no está para bollos), pero no quiero dejarlo pasar. Forma parte del necesario repaso al año. Y éste es suave, pero en la tele se han pegado con ello desde antes de Navidad hasta el dos de enero. Daba miedo.

El caso es que una de las cosas más divertidas que me pasaron en el infausto 2013, fue lo de salir en la tele. Sí. Cocinando y todo, sí. Resulta que en la Radio-Televisión de Castilla-La Mancha (a los castellano-manchegos nos gustan los guiones, qué pasa) hay un programa de cocina –Miel sobre Hojuelas– al que invitan a cocineros profesionales con estrella, sin estrella y a gente que cocina en su casa, como yo. Los pobres estuvieron detrás de mí un montón de tiempo porque, como mi timidez está al borde de lo patológico, era muy reticente a ir por allí pero tengo que agradecer su empeño porque al final (spoiler) me lo pasé genial.

El caso es que al final me convencieron, y allá que fui. Que fuimos, porque me acompañó frère Cocotte, que es mi chofer en ocasiones porque en esta casa no creemos en los vehículos motorizados, aunque reconocemos que tienen su utilidad.


A la hora de elegir qué cocinar, la cosa fue así: ellos (en realidad fue María, de producción, que es la persona más amable y con más paciencia del orbe mundo) me propusieron que hiciese la horchata que tengo aquí, porque nunca se había hecho en el programa. Y como eso se tarda unos 30 milisegundos en preparar, había que cocinar algo más. El “algo más” resultó ser el pollo al chilindrón, que es más bien un pollo al pisto porque no lleva ni harina ni vino blanco ni es de origen aragonés ni nada, pero resultaba ser la receta más visitada del blog en ese momento. Eso dice mucho de vosotros, ¿lo sabíais?

La verdad es que me gustó la elección porque la horchata es de esas cosas ricas que te hacen pensar: “¿por qué no la hago más a menudo?” y el pollo es sencillo, barato, fácil de hacer y está bueno. Además ese día decidí hacerlo sólo con pechuga para preparar algo que cualquiera se puede llevar al trabajo y comerlo con un tenedor. Algunos pensaréis que es una bobada, pero no me parecía que llevar una receta superelaborada, en plan: “eh, que tengo un blog y vengo a petarlo”, fuese una buena idea. Una de las tendencias gastro del 2014 debería ser erradicar la tontuna de los blogs de cocina, pero va a ser complicado. Vamos, que pensé que si lo que quiero con este blog es animar a la gente a cocinar (y recopilar recetas, entretener y alguna cosa más, claro) no podía ir a hacer un croquembouche, ¿no? A veces tengo buenas ideas y todo.

En fin, que quedamos en que iría el 18 de febrero. En plan regalo de cumpleaños. (Veo que no lo sabíais: mi cumpleaños es el 16F. Acepto regalos en forma de jamones, caviar beluga o joyas antiguas).

Que te inviten a ir a la tele y más a cocinar –que por mucho que uno lo haga todos los días no es deja de ser una afición– es raro. Lo primero que piensas para quitarte presión es: “bueno, es la tele regional. No me va a ver tanta gente. Al menos, tanta gente que me conozca”. Porque al fin y al cabo, tienes un blog modesto y vives en una ciudad pequeña. Y usas un avatar en vez de un #selfie. Así te tranquilizas un poco.

Claro, que lo siguiente que piensas es: “bueno, tal vez lo vea alguno de mis vecinos. Y mi madre, claro. Y mis hermanos. Y mis tías. Y…”. Y en ese punto empiezas a ponerte nervioso. Mucho. Porque al final, supongo que a Lady Gaga también le pasará, lo que importa es lo que te diga tu gente. Y uno sabe que cuenta con el apoyo incondicional de Mme. Cocotte (ella es así) pero ¿y el resto? ¿Qué pasará cuando bajes a comprar el pan? Miedito.

Cuando llegamos a la tele, que está en Toledo, a tomar por saco muy lejos del centro, nos recibió una de las productoras del programa (que por lo que pude intuir son las que se encargan de que el programa se convierta en algo real) y nos llevó a una pequeña sala de espera. Como yo sé que en la tele está todo lleno de cámaras ocultas y a la mínima te hacen un Lydia Lozano, ni me moví. Estuve todo el rato sentadito mientras esperábamos a que nos llamasen. Ni curioseé lo que había detrás de los sofás, ni levanté los cuadros, ni robé los ceniceros ni nada. Me porté superbién.

Al rato, volvió la productora y me llevó a maquillaje. Allí, tuve la experiencia más rara de los últimos años. Un jovencísimo maquillador brasileño me aplicó a conciencia una gruesa capa de color naranja que después me costó un imperio quitarme de encima. Aún no lo he superado, así que disculpad que no pueda hablar de ello.

De ahí me llevaron al plató: focos, presentaciones, una cocina de verdad y un frigorífico lleno de cosas (pensaba que en la tele todo iba a ser de pega y me sorprendió), un presentador muy majete, luces, cámaras, acción y... El resto lo podéis ver aquí:


(En realidad, me encantó la experiencia. Todo el equipo me trató genial. Tanto María como Paula –la verdadera responsable de que fuese al programa—fueron muy atentas conmigo. Alfonso Hevia, el altísimo presentador, es un tipo muy simpático logró que se evaporasen mis nervios (al rato de empezar, eh, no inmediatamente). Y tanto Dani Sousa como todos los demás del equipo técnico hicieron auténtica magia con “un tío soso ahí cortando pollo”. Hasta la encargada de la limpieza, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, era de lo más maja. Así no me extraña que les salga el programa que les sale”.

Por si os interesa, tenéis una pequeña galería de fotos en el féisbuc de M. Cocotte. Soy moy completo, lo sé).




sábado, 4 de enero de 2014

HOLANDA YA SE VE


Pues ya están aquí los Reyes. Y como cada año, os ha pillado el toro. Lo sé. Pero no os preocupéis, esta vez os voy a echar una mano con una selección de libros y cosas para cocinillas que os va a salvar. No digo que no os vayáis a agobiar, pisar, dar de codazos y esas cosas. Y más si vivís en mi querida Madriz. Digo que os voy a ayudar a evitar esa sensación de “tierra, trágame” que se tiene (esto solo es una hipótesis, no está basado PARA NADA en hechos reales) cuando tu cuñada aparece con ese regalo que no esperabas. Tu cuñada. La que sólo cena en Nochebuena pularda y come jamón del bueno. Esa, sí.



Libros
Este año hay una tremenda sobreabundancia de libros de cocina en las librerías. Especialmente de recetarios. Como los relacionados con programas de la tele ya tienen suficiente publicidad (masterchefs, topchefs y el canal Divinity en general), os voy a sugerir los que más me han gustado. Si eso no es un aviso de la total subjetividad de esta lista, no sé qué podría serlo.

Las recetas de la felicidad, de Sandra Mangas (Ed. El País Aguilar): le dediqué una entrada completa y sigo pensando que es un libro ideal para regalar o regalarse. Comida rica con una presentación sorprendente. Creatividad por todas partes. En casa ya hemos probado las galletas de jengibre, la crema de zanahoria y el postre de peras fue devorado en nochevieja. Y las que quedan. (16.90 €).

No más platos de mamá, de Marc Calstellví, Adrià Pifarré y Carlos Román (Ed. Plaza y Janés): me lo mandaron y aún no he comentado nada en el blog, pero creo que va a ser de los recetarios de los que más cosas incorpore al día a día de la maison. Es un libro moderno, lleno de historias, de diseño chulo y de gente joven (y guapa). Ah, las recetas son geniales, con una mezcla muy interesante entre comida típicamente española y de otros países. (19,90 €).

Pan casero, de Ibán Yarza (Ed. Larousse): estoy encantado con este libro. Ibán lleva muchísimo tiempo enseñando a hacer pan a la gente, tradujo a español el “Hecho a mano” de dan Lepard y acaba de hacer lo propio con “El pan”, de Jeffrey Hamelman. Además, es el responsable de El foro del pan y de La memoria del pan. Un enamorado, vaya. Si queréis empezar a hacer pan o si ya lo hacéis, pero queréis mejorar (y como yo, no os es posible acudir a uno de sus cursos), es EL LIBRO. Vale su peso en azafrán, por lo menos. Aprenderéis de todo, desde pan sin amasado a pan persa pasando por bollos de cardamomo, ensaimada, semlor (la bamba nórdica, para que os hagáis una idea) o... ¡Sorpresa!, roscón de Reyes. Que no todo van a ser hogazas. (15 €).

El rincón de Bea, de Bea Roque (Ed. Planeta): para los dos o tres que no lo sepáis, Bea tiene un blog especializado en repostería anglosajona. En él podéis encontrar tartas de queso, galletas decoradas, cupcakes, layer cakes, buntd cakes, brownies... Visto así, podíais pensar que hay mil como el suyo, pero la diferencia está en el conocimiento enciclopédico del tema que tiene Bea. Si os gusta este tipo de repostería, es vuestro libro. (16,90 €).

Webos fritos. Recetas para cada momento y Pan con webos fritos, de Susana Pérez y Jesús Cerezo (Ed. El País Aguilar): el primero es una reedición del “Recetas y momentos”. Lo tengo desde hace tiempo y me gustan muchas cosas de él. Son recetas que se pueden hacer en casa con facilidad, algunas pertenecen al recetario tradicional de mi región (ese morteruelo…) pero también hay muchas otras con presentaciones muy cuidadas, que os harán triunfar ante "ese" cuñado (el equivalente masculino de la de la pularda) y montones de consejos para que todo salga bien. Las recetas están muy bien explicadas (incluso hay una versión para usuarios de la Themomix)y las fotos de Jesús son buenísimas. Si no sois sus fans totales, estáis tardando. (32,90 €).

Además, Susana es una enamorada del pan. El segundo libro también me parece una buena opción para los que quieren aprender a hacerlo. Por lo que he visto (éste no lo tengo en casa pero lo ojeé hasta que llamaron al de seguridad), el libro empieza hablando de las herramientas necesarias para hacer pan, los ingredientes que hacen falta y contiene un pequeño ”diccionario panadero”. De ahí se pasa a hacer pan propiamente: panes básicos, integrales, con masa madre (prefermentos), panes de fiesta (stollen, panettone,... ), panes especialmente pensado para los niños... También hay masas para empanadas, cocas, y pizzas, un apartado para saber por qué ha salido mal vuestro pan (si os ha pasado eso) y recomendaciones sobre sitios de internet interesantes relacionados con este mundillo.

Un libro perfecto para gente que se inicia en el pan casero o con ganas de darle uso al horno (hay 80 recetas). Y encima es de pasta dura. (13,90 €).

El Pan: manual de técnicas y recetas de panadería, de Jeffrey Hamelman (Ed. Libros con Miga): por fin se ha editado en español este libro, famoso mundialmente y una auténtica biblia para los amantes del pan. Lo ha traducido Ibán Yarzam que dice de él: "Bread es mi manual de referencia favorito, el libro al que acudo cuando busco claridad e información fiable. Desde el año 2009 he leído, hojeado y comprado muchos otros libros de pan, decenas y decenas. Algunos muy técnicos, otros llenos de historias y panes maravillosos, pero Bread sigue siendo el libro que me llevo cuando sólo puedo llevar un libro".

Ha sido editado por Libros con Miga a través de crowfunding. Es un libro grande (casi 500 páginas) con tapa blanda reforzada, y está dividido en tres secciones: Ingredientes y Técnicas, Fórmulas y Panes Decorativos. No es el típico libro de pornfood panadero lleno de fotos suculentas (me encantan esos libros). Aquí vamos a encontrar sobre todo texto claro e ilustraciones explicativas. No es un libro tan básico como los anteriores, si no más bien para profundizar. (35 €).

Las recetas de Miel sobre Hojuelas, de Alfonso Hevia (Ed. Cuarto Centenario): la gente del programa de cocina Miel sobre Hojuelas, de la tele regional, ha editado un recetario con 90 de las más de 500 con las que cuentan. En él invitan a cocinar a todo tipo de gente, desde cocineros con estrellas Michelin hasta gente como yo que cocina en su casa, lo que ha dado como resultado un libro bastante ecléctico donde se pueden encontrar recetas sencillas, tradicionales y hasta modernuquis. Lo presentaron en Toledo el pasado 17 de diciembre, así que está casi caliente aún. Como alicientes especiales, el poder encontrar la aportación de la mayoría de blogueros cocineros de la región junto a auténticos cracks de los fogones como Adolfo Muñoz, Pepe Rodríguez o Iván Cerdeño. Contiene enlaces QR a los vídeos de las recetas, que están el el canal de Youtube del programa.

Por supuesto, la recomendación no tiene nada que ver con que una de las recetas sea el pollo al chilindrón de Mme. Cocotte ;) (20 €).

Trastos de cocina
A los cocineros caseros nos encantan los trastos. Es así. Casi tanto como los libros de cocina. Dentro de las cosas que he ido viendo por ahí, éstas me parecen chulas y no se van (demasiado) de madre. Además, he intentado que sean fáciles de encontrar.

Una cocotte (39,99 €): es el regalo perfecto si al destinatario le gusta el fuego lento, hacer pan y la cocina francesa. Si sois millonarios podéis comprar una Staub o una Le Creuset. En ese caso, recordarme que os pase mi dirección. Para las personas normales, Ikea tiene dos modelos de 3 y 5 litros de capacidad (que no serán lo mismo, por supuesto, pero ahí están).

Batidor manual (15 €): este artefacto es el hermano pequeño y canijo de la Kitchen Aid, el oscuro objeto de deseo de las malenis. Pero reconoceréis que es brillante y guay. Además, se puede guardar en un cajón sin problemas y os permitirá montar nata para “esas” fiestas, pillines ;)

Aceitera antigoteo (29,30 €): la aceitera ideada por Rafael Marquina en 1961 es uno de los grandes inventos españoles de todos los tiempos. La fabrica mobles114 y podéis comprarla en Vinçon, por ejemplo, aunque es un modelo muy copiado fácil de encontrar en cualquier ferretería.

Rallador de queso (29,95 €): el rallador de queso de Gefu es caro, de acuerdo, pero es una auténtica máquina de hacer copos de lo que queráis. El Ferrari de los ralladores. Chocolate, queso, ajo… Yo rallaría la mitad de mi despensa con eso. Lo podeís encontrar en Cookplanet.

Mortero de porcelana (12,15 €): es bonito, es chulo, es moderno y está de rebajas. Lo fabrica Vacu Vin y podéis encontrarlo en la web de imaginadeco.











Cosas que molan
Al final, lo realmente divertido de las navidades es compartir cosas con la gente a la que quieres. Eso puede implicar a más o menos personas, que a su vez pueden formar parte –o no– de tu familia biológica. Repito: lo realmente divertido de las navidades es compartir cosas con la gente a la que quieres. Por eso Mme. Cocotte y yo hemos pensado que esto también podría ser un buen regalo de Reyes:

Regalad un roscón: ya sabéis que en la maison somo muy fans del roscón de Reyes. Si queréis –y si os atrevéis, que al principio da respeto– podéis hacerlo vosotros. Aquí tenéis la receta que usamos en casa. Si no, compradlo. Id a vuestra pastelería de confianza o buscad en el super. Que sepamos, tanto en Hipercor como en Carrefour los hay rellenos de nata de verdad (huid del mix vegetal, por favor). Y acompañadlo con chocolate. Lo podéis encontrar hasta envasado. Mme. Cocotte recomienda generosas raciones del de Valor.

Invitad a vuestra gente a comer el día de Reyes: cocinar para mucha gente es un tanto agotador, pero muy satisfactorio. Si preparáis un asado lo tendréis resuelto con relativa facilidad. No os paséis mucho con el postre, que seguro que alguien trae roscón y chocolate para merendar.

Regala vino: id a la tienda que más os guste y preguntad. Estarán encantados de asesoraos. Ya veréis cómo encontráis un buen vino a buen precio.

Espero haberos ayudado un poco. ¡Y que Sus Majestades os colmen de presentes!

(Nota: todos los precios son orientativos y han sido obtenidos de las webs correspondientes).

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL #DIADELVINO (RABO DE TERNERA GUISADO AL VINO TINTO)

Para los que no lo sepan, los “días de” son un una especie de acuerdo gastrobloguero en el que se decide cocinar algo el mismo día. Es bastante divertido y de alguna manera te hace sentir parte de la comunidad cocinillas (que es un poco rara, las cosas como son). Así de memoria, creo que sólo he participado en el de la #megagalleta y en el de la #ensalada.

Yo no soy muy de sumarme a estas cosas. No es por esnobismo ni por un supuesto afán de ir por libre. Tiene más que ver con que bastante lío tiene uno con el día a día (y más este curso, que he vuelto a la escuela con mi cartera y mi plumier) y con la enorme lista de cosas que quiere cocinar.

Sin embrago, cuando Graci –creo recordar que la instigadora fue ella- nos dijo que el 5-D era el día del vino y que podríamos celebrarlo todos juntos me pareció genial por muchos motivos. Por una parte, me gusta el vino, aunque no sea un experto para nada. Apenas soy capaz de saber si un vino me gusta o no, pero la verdad es que suelo tener en casa unas cuantas botellas (de las que solemos dar cuenta con alegría Mme. Cocotte, el primo Bonnechance y yo, para qué engañarnos). También es verdad que père Cocotte hace vino en la casa del pueblo. Y el abuelo Cocotte también lo hacía, y antes de él… No sé hasta cuándo se remontará la tradición, pero me gustaría ser el próximo, la verdad. Siempre digo que la cerveza, pero sería más sencillo para mí hacer vino porque de alguna manera ya conozco muchos de los procesos. Y por último, pero no menos importante, vivo en un país -y en una región- con una enorme tradición vinícola. Y como es un día para celebrar, pues eso. Que me apetecía hacerlo.

Además, la gente de la DO Valdepeñas tuvo el detalle de apuntarse (me temo que aquí la insistencia de Graci ha debido ser determinante) y ha estado mandando botellas de vino a saco. La idea era que la gente cocinase cosas que se llevasen bien con el vino. Y yo elegí vino tinto porque mi idea era hacer algo a lo que le tenía muchas ganas: rabo de toro (bueno, diremos de ternera, que no le he hecho una prueba de ADN) guisado en vino. Y como dice el señor Larousse que la mejor manera de marida un vino con un plato es –más allá de las normas básicas- es cocinar con ese mismo vino, me he visto obligado a comprar otra botella de Valdepeñas para deslizársela a la chicha. Esto del blog me sale carísimo.

En fin, la cosa es que como además todo esto del #diadelvino me coincide con las “dos semanas horribles de exámenes que te cagas, dos”, y aunque he empezado a hacerlo esta mañana, no lo he podido acabar aún y será la comida de mañana. Pero de todas maneras quería participar, así que hoy os dejo la receta –que es del cocinero con más garrote que existe- y mañana os pongo la foto. Si no me lo como todo antes, claro, porque tiene una pintaza tremenda. Mientras tanto, os tendréis que conformar con esa de ahí arriba que he robado de internet #noesrobarsinotepillan

Por cierto, que no se me olvide. He disfrutado muchísimo haciéndolo. Es un guisote de los de a fuego lento-lento 4 horas y luego haz todas esas cosas más. Mañana lo pienso disfrutar y me acordaré de vosotros. Desde el cariño, por supuesto.

[Edito: después de haberlo comido hoy, seisdeldocedeldosmiltrece, sólo puedo decir: gracias, Diox, por haber creado las uvas y a las vacas con su rabito, como las pasas. Amén. Esto está buenísimo con letras de latón recién bruñidas. Lo único es saber con qué va mejor: con un (buen) puré de patatas, con esas mismas pero fritas (así ha sido hoy), con cuscús, con… Bueno, habrá que ir repitiendo y probando. En serio, ha sido de esas veces que cocinas y tienes una revelación Esto es una cumbre].


RABO DE TERNERA GUISADO AL VINO TINTO

Dificultad: largo como una eterna tarde de domingo, pero no difícil. grado de dificultad.

Ingredientes:
  • 2 rabos de vaca partidos en trozos por sus juntas.
  • 1 botella de vino tinto.
  • 1 zanahoria.
  • 2 cebolletas.
  • 8 dientes de ajo enteros.
  • 1 trozo hermoso de mantequilla (¿acaso no lo son todos?).
  • 3 litros de agua.
  • 1 pastilla de caldo de carne.
  • Aceite de oliva.
  • Sal.
Preparación:

1 Sazonamos los trozos de rabo y los salteamos por tandas en una pizca de aceite de oliva hasta que se doren.

2 Reservamos los trozos de rabo y tiramos el aceite, ya que suele quemarse.

3 Añadimos una pizca más de aceite limpio y en el mismo fondo, para recuperar los jugos adheridos, a fuego más bien suave, cocinamos todas las verduras troceadas en pedazos hermosos. (Este párrafo es pura poesía).

4 Las dejamos 20 minutos y las sazonamos, sin dejar de darles vueltas. Introducimos los pedazos de rabo junto con el jugo que hayan podido soltar, el vino, el agua y la pastilla de caldo, sazonando una vez más ligeramente.

5 Tapar y dejar que hierva a fuego muy lento hasta que la carne esté muy tierna y se despegue fácilmente del hueso pero sin que se deshaga. Lo que vienen a ser tres horas y media o cuatro al chup-chup cochinero.

6 Después de esto, abrimos la olla y retiramos los trozos de carne del caldo. Colamos éste último y lo dejamos reducir a fuego lento hasta dejarlo en un litro aproximadamente. Incorporamos la mantequilla en trozos pequeños y volvemos a introducir el rabo (esta frase se las trae, ¿eh?) y continuamos su cocción unos 50 minutos más a fuego muy lento, de manera que la carne se vaya abrillantando y la salsa espesándose.

“Es importante reseñar que este guiso, como muchos otros de carne, hay que llevarlo a cabo manteniendo el punto de ebullición muy bajo, para que apenas se perciba un leve borboteo. Sólo así se mantendrá la melosidad de la carne”. Lo que os digo, poesía.